Encuentro de literatura joven: Germán Novas y Alejandro Concha M. en el Liceo de la Madera
Ingresé al liceo con la sensación de haber llegado tarde. Miro mi teléfono: la hora es correcta. Los jóvenes estaban en sus aulas y el murmullo de los conversadores vibraba en todas partes, sin lograr arrancarme esa sensación hueca que se cuela entre los pasillos.
Crónica del reencuentro
A las 11:20 h estábamos reunidos en el salón del CRA del Centro Educacional de la Madera, en Lagunillas. Como siempre, nos propusimos rebuscar entre anécdotas y bromas, pequeños trocitos de recuerdos; nuestro reencuentro estuvo repleto de estos últimos.
La actividad estuvo cargada de energía. Los alumnos entraron repletando la sala y nos enteramos del número de inscritos voluntarios: 60 asistentes.
Luego de la bienvenida del liceo —donde se señalaba que esta instancia, más que un encuentro literario, era un reencuentro— Germán Novas hizo una síntesis del camino recorrido. Partió explicando su relación con el CEM y el apoyo brindado en sus primeros pasos, para luego sumergirse en una hilera de sucesos que lo llevaron a publicar su primer libro La coartada imperfecta. No solo habló de logros, sino también de dificultades, siendo muy realista, pero sin dejar de contagiar optimismo y complicidad con los alumnos. Entre risas y reflexiones, lo más ameno fue la conversación directa con los estudiantes, quienes no dejaban de levantar la mano con pregunta tras pregunta.
Al terminar su ronda fue mi turno. No es primera vez que hablo frente a alumnos, y hace poco había realizado charlas similares en otros lugares. Sin embargo, fue justamente en este momento cuando entendí la tropa de sensaciones que me abrumaban: me sentí nuevamente como un liceano tratando de exponer.
Quise comenzar dándole sentido al reencuentro según como lo sentía, explicando, a modo de entrada, la alegoría a la ciudad de París de Bergson y la diferencia entre vivencias e ideas. Hablé del significado del regreso a las raíces, algo que algunos de mis lectores reconocerán como uno de los pilares de mi poesía. Al igual que Germán, me encaminé a explicar quién era, qué hacía y cómo había llegado hasta este lugar. Siento que rara vez me detengo a analizar mi vida —cosa curiosa, siendo un enorme nostálgico.
La ronda de preguntas fue llamativa: muchas preguntas a las cuales simplemente no encontraba la manera de responder con total certeza. Traté de ser menos profundo para evitar extenderme en temas complejos que no aportarían mucho a la conversación.
Leí tres poemas: Érase el silencio, Azul cobalto y Vértigo, este último un inédito que representa mejor mi estilo actual. La recepción fue hermosa: ¡que hable la poesía! Ante ella, poco más puede decir uno.
Al finalizar la jornada —que en su totalidad fue preciosa— los alumnos se nos abalanzaron encima, compartiendo fotografías y conversaciones más íntimas que no se habían atrevido a formular en voz alta. Fue realmente reconfortante.
Reflexiones finales
Al reflexionar sobre el día, no puedo dejar de sentirme repleto de muchas cosas transparentes. La nostalgia y el agradecimiento conversan en voz alta, dialogan a través de prosas inconclusas y esta entrada que quizás muy pocos lean completa.
Pienso que el objetivo se cumplió a cabalidad. No solo logramos potenciar y motivar a los alumnos que ya muestran intereses claros en el arte y la literatura, sino que además volvimos a reencontrarnos en el mismo salón donde, alguna vez, Germán y yo nos conocimos en una situación muy similar.
Volvimos a devolver la mano, a reencontrarnos entre nosotros, con nosotros mismos, con el liceo y nuestras raíces. Volvimos a descubrirnos en otras caras.
Más que la tradicional disputa entre el lleno y el vacío del ser, es la ausencia. Sentir ese largo silencio y todos los recuerdos amontonándose entre los rostros que abandonan la sala: buscarnos, encontrarnos, gritar un saludo en voz alta y recibirnos en un abrazo mutuo.
Al tratar de distinguir mi propia figura, logré hallarme, pero me dejé marchar; ya había sonado el timbre que anunciaba el recreo, y a los recuerdos hay que dejarlos ser en el lugar al que pertenecen: un pasado que lo impregna todo.
(Fotografías por Sebastián Yáñez)












