Artículos
Patrimonio cultural
Reflexiones en torno a la escritura minera: prólogo al libro "Nuestra historia es nuestra memoria" de Miguel Elizalde González
Prólogo al libro «Nuestra historia es nuestra memoria» de Miguel Elizalde González.
Desde la publicación en 1864 de «Un paseo a Lota» de Martín Palma, es difícil llegar a un número exacto de títulos que conforman la tradición bibliográfica de nuestro territorio. Pasando por «Sub terra» de Baldomero Lillo (fundamental para entender la realidad de la cuenca carbonífera a finales del siglo XIX), o por Juan Sánchez Guerrero y su novela «Hijo de las piedras» (Zig-zag, 1962), se ha forjado al rededor del nuestros pueblos una mística que nos envuelve, ligada al sindicalismo y la industrialización; místicas amenazadas por el cierre de las actividades carboníferas en 1995 y 1997.
Personalmente, me atrevería a decir que desde el libro compilado por la poeta María Ester Pradenas: «Sudor Herido» (Ediciones Rumbo, 1993), ya existía en las inquietudes literarias de nuestros coterráneos una necesidad por reivindicar la épica minera, exigir un trocito en los montones de libros que tanto parecen decir sobre nosotros. Comienza aquí una larga y variada lista de publicaciones alentadas por la ardua tarea del rescate de lo oral a lo escrito.
Al margen de la academia, libros como «Historias Locales de Lota» de Carlos Lizama, «El niño que vive en mí» de Rigoberto Acosta Molinet, «Umbrales» de Patricia Avilés Martínez o «Puchoco Schwager: la magia del carbón» de Palmira Ramos, exigen un espacio de reconocimiento y se convierten en testigos infaltables para construir una narrativa colectiva en torno a la identidad del golfo.
Esto es crucial en tiempos de ruinas, desapegos y desmanes; frente a la amenaza palpable del óxido y la grieta, esta imagen de la ciudad antigua que se diluye bajo el agua y la ceniza, nos arroja a un anonimato inminente, un espacio en blanco en todos nuestros libros donde se alza necesaria una rectificación de la memoria.
Así mismo, resulta interesante subrayar un fenómeno particular presente en la escritura emergida de la nostalgia carbonífera; ésta, lejos de plantarse en un terreno acotado en la idealización del pasado (situación recurrente de los melancólicos), asume sus matices sin mayor complejo. Así es como encontramos en estos textos una percepción noble de la historia, dolorosa, a veces precaria, llena de sufrimientos y risas, tan oscura como la raíz que alimentó la industria y tan luminosa como la sonrisa del niño que juega afuera del pabellón. La voz de quien rescata el relato de sus propias memorias, cobra un tono valórico que, sin intentar imponer una moral, tiene claro sus objetivos: conmover a los más jóvenes y preservar la biografía de lo antiguo.
Este libro aborda la historia de nuestros pueblos desde distintas distancias, algunas rozan lo íntimo, mientras que otras tienen la perspectiva del tiempo. Bajo la carcoma del turismo económico, que aunque necesario, cercena las identidades, Miguel Elizalde González, minero de 88 años, exdirigente sindical y autor hasta la fecha de 3 exitosos libros, siente la responsabilidad de dejar algo más que sólo carbón a las futuras generaciones; busca reflexionar los momentos de crisis, revivir los de felicidad, pero también de sincerarse, asumir el llanto y la emoción en el acto catártico de la escritura, tanto para él mismo como para nosotros, sus lectores.
Este documento, publicado con absoluta honestidad, es el traspaso de un testimonio heredado en esta carrera a contrarreloj, por ello es tan necesario, porque palpita, porque es real a pesar del tiempo.
Es difícil concebir la puesta en valor del patrimonio minero sin la voz de sus propios habitantes y, sin duda, tal como los libros aludidos en esta breve reseña (y como muchos otros que no mencioné), llega con toda humildad a aportar en la construcción del anecdotario autobiográfico de nuestras ciudades. Queda mucho trabajo por hacer y, tal como explica don Miguel, hay que sentarse a meditar, sacar lo bueno sin omitir lo malo, revisar la identidad del Lota que queremos erigir.
Agradecer la amabilidad de don Miguel por todas sus conversaciones y por permitirme trabajar en éste, su tercer libro. Compartimos la esperanza intergeneracional de ver un pueblo distinto, que no reniegue de su pasado, que entienda que quienes miran hacia atrás, son quienes mejor comprenden hacia dónde debe apuntar nuestro futuro.
Alejandro Concha M.
En Lota, primero de abril de 2019.
![]() |
Pabellones 22 y 23 de Lota Alto, 1950.- |