Escribir en Lota: 30 años de poesía y narrativa en el carbón

Si hiciéramos el ejercicio de preguntar a la gente por la calle qué idea o concepto viene a su mente cuando oye el nombre de Lota, antes que la palabra «patrimonio», incluso antes que la palabra «historia», escucharíamos respuestas como «chiflón», «compuertas» o «minería». A pesar de que las lámparas grisumétricas llegaron hace más de un centenario, y a pesar de que la explotación laboral infantil se hubiera extinguido —al menos en lo formal—; seguiríamos escuchando de pájaros enjaulados en corredores oscuros, y el rostro de Pablo siendo arrancado de las faldas de su madre seguiría ahí, como una culpa inexpurgable en la consciencia nacional. Nada de esto debiera sorprendernos; el impacto de Lota en la cultura, o el peso de su identidad al momento de hablar de avances sociales, tiene orígenes claros y rastreables.

Baldomero Lillo Figueroa publicó SubTerra en 1904; algunos críticos, como Mario Ferrero o Domingo Melfi, lo sitúan en la llamada Generación de 1900, continuadores, de algún modo, de la irrupción de Alberto Blest Gana o Luis Orrego Luco. Lector de Dostoyevsky y Zolá, escribe en una época de transición, donde abandonábamos como país los valores de la época de la colonia y costumbres arraigadas por años. Lillo se horroriza con la crueldad de la realidad minera, inaugura un estilo inédito en Chile y polemiza acerca de su inhumanidad por medio de personajes arquetípicos y emociones universales. Todo ello provoca un estallido de interés por parte de los lectores de su época y abre, rápidamente, una sutura que aún leemos y nos conmueve.

Para saber de Humberstone, de Sewell o de cualquier otro campamento minero del país, hay que remitirnos a la historia. Para saber de Lota, de Lebu o Coronel, hay que internarse al Chiflón del Diablo. Sin Baldomero Lillo, no hay Lota. Lo que sabemos de nuestra ciudad, de su tragedia y de su paisaje, lo sabemos gracias a la literatura. Quizás por eso no es fácil de borrar, porque no responde a un acto de historiografía, sino que es memoria; y, como memoria, es subjetiva, emocional y está atravesada por nuestras experiencias personales.

Esta es una conversación recurrente en las reuniones de la Agrupación de Escritores La Compuerta N°12, una institución que nace en 2011 y que reúne no solo a escritores, sino también a dirigentes y personalidades que buscaban un espacio público para denunciar el mal estado del patrimonio de la cuenca carbonífera. 

La escritura literaria lotina ha interpelado desde siempre a su contexto de producción, registrando y acompañando sus procesos históricos. La presente antología reúne, por lo tanto, a 25 nombres y sintetiza, de esta manera, treinta años de publicaciones, revistas y talleres que, de alguna u otra forma, pusieron palabras al olvido, dignidad al desprecio y voz al desencanto en un pueblo que cada día enfrenta una silenciosa e incesante preocupación: la desaparición y el abandono.

Lograr una antología que reúna el trabajo de múltiples autores de Lota en un solo volumen, es marcar un hito en cuanto a la puesta en valor de nuestro patrimonio cultural. La literatura, para espacios como Lota, se sitúa en un espacio bisagra entre el patrimonio material e inmaterial, puesto que moviliza la oralidad, las prácticas sociales y tradiciones hacia el objeto material del libro, dispositivo de transmisión y preservación. De ahí que su proliferación sea significativa para el entorno social donde se desarrolla, puesto que encuentra eco en el vínculo territorial de sus lectores, apela a su memoria en el entramado cultural y encuentra en ello un eco a las inquietudes sociales de su entorno inmediato, no solo recordando, sino también proponiendo sueños de ciudad colectivos.

Uno no pensaría que problemas cotidianos para nosotros, como la efimeridad de lo material, el olvido y la nostalgia, pudieran acaso ser dramas profundamente humanos; sin embargo, es exactamente en esa desesperación por ver la precariedad y la ruina devenir, donde encontramos la universalidad y, por lo tanto, el vínculo que excede nuestras fronteras cívicas. «Habla de tu pueblo y serás universal», dice el viejo adagio. Al hablar de Lota y de su quiebre histórico, de sus tragedias asociadas a la explotación carbonífera, a la negación del trabajo, su pobreza, la crisis medioambiental de la zona de sacrificio, pero también de su esplendor, su vocación heroica y su persistencia ante la adversidad, es retratar la imagen de un Chile que persiste.

En cuanto a esta antología, la cual es producto de un proyecto del mismo nombre, hace honor a su título al poner en las mismas páginas a autores de distintos rangos etarios y contextos de publicación. Los criterios utilizados en este caso responden a poetas y narradores —excluimos a la investigación y el ensayo— cuya obra se desarrollara en Lota entre los años 1990 y 2020, independientemente de su línea temática o actual lugar de residencia, pero que se mantuvieran activos al momento de presentar este volumen, ya sea a través de la participación en recitales, encuentros o publicaciones.

En esta tarea de reconocimiento, identificamos más de cincuenta libros. La gran mayoría de ellos editados por medio de sellos independientes o autopublicación, muchos de difícil acceso por sus condiciones materiales o por la escasez de ejemplares, fruto de tirajes reducidos.

Hay que destacar la proliferación de talleres, agrupaciones o colectivos dedicados a la creación literaria, entre los que se encuentran el Taller Puerta Abierta, el Taller Literario Carbón, la Agrupación de Escritores y Poetas Lotinos La Compuerta N°12 o la Agrupación Literaria Pájaro Libro. Entre las revistas consultadas se encuentran la Revista Génesis (1990), los Boletines de La Compuerta N°12 (2011-2015), la revista El Candil (2015-2023) y los fanzines de Quinto Pliegue (2015).

También es llamativa la pertenencia territorial de dichas publicaciones, cuya divulgación corre a cargo de editoriales independientes con arraigo comunal, como los sellos Escritora del Sur, Ruzzel, Ediciones García y, más tarde, Escrituras Periféricas y Ediciones La Balandra Poética. Posteriormente, otros sellos de origen regional también ocuparán su sitio, como Ediciones Etcétera y Orlando, entre otros.

La mayoría de los escritores compilados en esta antología tuvieron su salto a los circuitos por medio de concursos, en especial el Me lo contaron mis viejos de Fundación CEPAS y el Centro Cultural Comunitario Pabellón 83, antologías donde podemos apreciar textos primerizos de escritores que luego tendrían su primera aparición en el rubro con libros individuales.

Podemos clasificar este trabajo en tres etapas: los años ‘90, donde se presenta la resistencia a la dictadura, la transición, la reconversión laboral fallida y el cierre de la Empresa Nacional del Carbón; el periodo entre 2000 y 2009, la contracultura multidisciplinar, el desencanto democrático, el auge y término de Balmaceda 1215; y 2010 a 2024, con el terremoto del 27F, la ruina como símbolo de la post-industria y el ímpetu comunitario de estos años, época a la que personalmente llamo «La nostalgia carbonífera». Este periodo coincide además con el estallido social, la pandemia del coronavirus y se inaugura con la publicación de libros como El niño que vive en mí de Rigoberto Acosta Molinet o Chispas de la vida minera de Yanette Silva; es el momento de mayor proliferación creativa, donde abunda la crónica, el testimonio, el cuento folclórico, la desindustrialización y lo urbano como eje temático.

Con el ingreso de Lota a la lista tentativa de la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad, reconocer autores y escritos es una tarea ardua, dadas las dificultades existentes que impiden la difusión y visibilización de los mismos. Por esto, tampoco buscamos desconocer la existencia de autores que, sin ser avecindados en Lota, han hecho justicia a su historia, como Nicasio Tangol con Orquídeas y carbón, Michael Rivera con Lota 1939, Diego Muñoz con Carbón o Reynaldo Lacámara con su poemario Lota sobre la tierra, entre muchos otros.

De igual forma, es menester reconocer a quienes nos antecedieron, como los poetas compilados por Héctor Uribe en Poesía popular minera en el periódico El Siglo, o a los anónimos del diario La Opinión, e incluso pasando por los libros Inspiraciones de Jorge Salgado e Hijo de las piedras de Juan Sánchez Guerrero, publicado en los años ‘60, nos permite reconstruir la cadena rota. 

La comunicación necesaria para instaurar una tradición particular en la zona del carbón se ha dificultado, dada la ausencia de un repositorio o una biblioteca municipal que albergue estos precedentes. Aun así, a pesar de las carencias, nuestra literatura goza de buena salud y promete renovaciones temáticas y generacionales. 

Aunque en términos estrictos la escritura lotina no sea solo carbón y la cuenca carbonífera no sea solo Lota, nuestra intención no es negar el desarrollo escritural de ciudades vecinas como Coronel, Lebu o Curanilahue. Muy por el contrario, entender los procesos de aquellas comunas nos permitiría ver con mucha mayor claridad los cauces que en la región conectan a nuestros escritores, y definir generaciones y esquemas. Confío en la aparición de futuros trabajos de otros autores que, quizás con mucha mayor destreza y disciplina, nos permitan completar este rompecabezas disperso.

Para acabar, aclaro que el fin último de este trabajo no es realizar un estudio de ninguna naturaleza, sino más bien hacer un levantamiento de información, una labor de inventario, necesaria para reconocernos en un ecosistema particular en el rincón más subterráneo de nuestro Chile, pues tal como Baldomero, nuestros cuentos y poemas aún siguen reconstruyendo a Lota, su identidad e imaginario.

Alejandro Concha M. 







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